A 93 años del asesinato de Sacco y Vanzetti.

Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti fueron dos anarquistas, migrantes italianos en Estados Unidos, que fueron condenados a muerte en 1921, tras haber sido falsamente acusados de robo a mano armada y del asesinato de dos guardias de seguridad. El juicio, dirigido por jueces y policías amigos, duró siete semanas, y todas las pruebas y testificaciones apuntaban a que los dos obreros eran inocentes y ninguno se encontraba en el lugar del crimen cuando sucedió. Sin embargo, fueron igualmente condenados a muerte.

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Lucía Sánchez Saornil, a 50 años de su muerte: «Pero… Es verdad que la esperanza ha muerto?»

Hoy, 2 de junio, en 1970, murió Lucía Sánchez Saornil, poeta y anarquista española.

Algunas fuentes la incluyen dentro de la Generación del 27, perteneciendo al movimiento ultraísta, si bien es cierto que, ni el bajo estrato social del que provenía, ni su militancia anarcosindicalista y por la emancipación de la mujer, eran lugares comunes con el resto de las Sinsombrero. Lucía era lesbiana, y para poder expresar libremente sus ideas y sus percepciones sobre el amor, sobre las mujeres y sobre la feminidad, tuvo que firmar sus obras poéticas con un pseudónimo masculino: Luciano de San-Saor.

En 1931, Lucía fue expulsada de la Compañía Telefónica en la que trabajaba, por su militancia anarcosindicalista en la CNT y por la organización de huelgas contra dicha empresa. Fue entonces cuando sustituyó el verso por la prosa, y su producción literaria pasó a ser de temática política, escribiendo en diversos periódicos de corte anarquista, tales como Tierra y Libertad, Solidaridad Obrera o CNT.

En 1936, cuando estalló la Guerra Civil Española y tuvo comienzo la Revolución Social, fundó, con Mercedes Comaposada y Amparo Poch y Gascón (entre otras mujeres), la agrupación anarcofeminista Mujeres Libres, surgida a raíz de la revista que editaban con el mismo nombre, y que planteaba una lucha feminista adelantada a su tiempo, dando respuesta activa a problemas como la prostitución, la maternidad, el amor y la autonomía de las mujeres en el trabajo.

Podríamos decir que Mujeres Libres constituyó una de las agrupaciones feministas más importantes de la historia de España (aunque en su tiempo ellas no se autodenominaban feministas por las connotaciones burguesas que en su tiempo tenía esta palabra), pues, a diferencia de los movimientos de mujeres eminentemente burgueses de su tiempo, que luchaban principalmente por su participación en las políticas estatales mediante el sufragio, reconocían la triple esclavitud de la mujer: el capital, el patriarcado y el Estado (si bien a principios del siglo XX la terminología y los análisis sobre el patriarcado no habían sido todavía incorporados a las luchas de las mujeres).

Por otro lado, Mujeres Libres fue el movimiento que, desde el anarquismo, movilizó a miles de mujeres españolas hacia la militancia, la emancipación y la lucha por la Revolución Social, a pesar de las reticencias de los sectores masculinos que ocupaban todas las agrupaciones anarquistas de entonces. Lucía expresaba libremente su orientación sexual en Mujeres Libres y en sus espacios de militancia, a pesar de que en entrevistas posteriores a mujeres que pertenecieron a la agrupación, recordaban con recelo su homosexualidad y su relación sentimental con su compañera América Barroso.

Cuando finalizó la Guerra Civil y se instauró la dictadura Franquista, ella y su compañera tuvieron que exiliarse a Francia. Cuando regresó a España, tuvo que vivir de forma clandestina en Valencia hasta 1954. Finalmente, un cáncer de pecho acabó con su vida el 2 de junio de 1970.

Lucía Sánchez Saornil fue una olvidada de las olvidadas, ignorándose hasta muy recientemente, su obra literaria y su historia de vida. Al igual que sucede con el movimiento anarquista en general, Mujeres Libres también fueron apartadas de la historiografía convencional, sobre todo aquella que se refiere a la Guerra Civil, y sin cuyo movimiento su discurso es totalmente diferente y distorsionado. Es labor nuestra construir la historia anarquista y feminista desde los márgenes.

Hoy, en el 50 aniversario de su fallecimiento, su lápida sigue preguntándose «Pero… Es verdad que la esperanza ha muerto?». No ha muerto, compañera, pues somos muchas las que día a día avanzamos por la senda de tu ejemplo.

 

Que el pasado se hunda en la nada
¡Qué nos importa el ayer!
Queremos escribir de nuevo
la palabra Mujer.

 

Lucía Sánchez Saornil

Lucía Sánchez Saornil con la anarquista Emma Goldman y con su compañera América Barroso

 

 

Emma Goldman, breves pinceladas sobre su vida

Emma Goldman nació en 1869 en Kovno, Lituania (entonces parte del Imperio Ruso), en el seno de una familia judía que regentaba un mesón en la ciudad de Popelan [1].

Las raíces del radicalismo de Goldman aparecieron a una edad temprana, motivadas por su padre tirano, la explotación de lxs trabajadorxs del mesón por parte de sus padres, la opresión de lxs campesinxs locales a manos del Estado, la violencia hacia la población judía, y el autoritarismo de la escuela primaria. Se rebelaría de niña contra la familia y contra la escuela, con las subsiguientes represalias. Leyó y admiró secretamente a los jóvenes revolucionarios rusos. A los 16 años ya había trabajado varios años en una fábrica de guantes y corsés, así como había tenido su primera experiencia sexual. Vivencias, ambas, que no fueron para ella sino una simple repetición del autoritarismo masculino y de los abusos sufridos anteriormente en otros contextos.

Anhelando escapar de aquella atmósfera, emigró a EEUU en 1885 en compañía de su hermana, instalándose en Rochester, Nueva York. Como otros inmigrantes, pronto descubrió la realidad que había tras la fachada del sueño americano. La disciplina de su trabajo en la industria textil era incluso más estricta que en San Petersburgo. Además, pronto su familia cruzaría el charco y se instaló en Rochester con ella y sus hermanas: una vez más, Emma se sintió asfixiada por la vida familiar. Desesperada por escapar, se casó con un compañero de trabajo que era inmigrante, como ella.

Por aquel entonces, Goldman empezó a leer las noticias que se publicaban en los periódicos y a asistir a conferencias sobre el movimiento socialista en Estados Unidos. Especialmente absorbentes para ella fueron los detalles del incidente de Hymarket Square en Chicago (que dieron lugar al 1º de mayo como Día Internacional de los Trabajadores) y el posterior proceso judicial contra ocho anarquistas, los “mártires de Chicago”, cinco de los cuales fueron condenados a muerte, y tres fueron recluidos, aun siendo todos inocentes. Goldman amalgamó su frustración política y personal y su ira en un todo que ya nunca iba a romperse. Poco después tomó la decisión de instalarse por su cuenta en New Haven y después en Nueva York, abandonando a su esposo y a su familia, y dejando atrás su vida de docilidad y conformidad política.

A finales de 1889, Goldman participaba activamente en grupos de discusión, reuniones y manifestaciones anarquistas, en estrecha relación con el migrante alemán Johann Most, y el migrante ruso Alexander Berkman, quien se convirtió en su compañero. Los sucesos ocurridos en 1892, relacionados con la huelga en Homestead (Pensilvania), cuya tremenda represión llevó a Goldman, Berkman y su prima Feyda, a planear el asesinato de Henry Clay Frick, director de la empresa Carnegie de Homestead, contra la que se realizaba la huelga. Berkman era el encargado de cometer el asesinato, pero no llegó a matar a Frick, solo lo hirió gravemente, lo que le costó veintidós años de cárcel. Goldman se convirtió en uno de los focos más notorios de la prensa capitalista estadounidense, que utilizaba su figura para infundir miedo y terror sobre el anarquismo en la sociedad.

Para ella, el encarcelamiento de Berkman, la negativa opinión pública, de los obreros en huelga y de sus propios compañeros anarquistas, fueron golpes muy duros sobre su conciencia. Goldman se vio obligada a nuevos niveles de madurez, reafirmación personal y política y certeza, más allá de la apasionada rebeldía de la que ya había dado muestras. Durante los años que siguieron, Goldman se convirtió en una oradora y activista muy conocida y en la organizadora de varias campañas políticas. En solo unos meses, esta nueva fase de su activismo culminó con su detención por un discurso pronunciado en una manifestación en Union Square a favor de los parados. En octubre de 1839 fue condenada a un año de cárcel en la isla de Blackwell. Igual que en el caso de Berkman y de todos aquellos que estaban entre rejas, las condiciones intensamente opresivas de la cárcel pusieron a prueba su fortaleza personal. Pero al mismo tiempo, Emma dispuso ahora de un espacio para reflexionar más detenidamente sobre el pasado y el futuro de su propia actividad política. Dos elementos de aquella situación influyeron en la dirección que adoptaría posteriormente. Dicho por ella misma, “pudo aproximarse más a las profundidades y complejidades del alma humana” gracias a la cálida camaradería de muchas de sus compañeras de cárcel, por confusos, incoherentes y apolíticos que fueran sus puntos de vista. Al mismo tiempo, se vio sorprendida por el talante liberal de algunos de los carceleros y también por los de un visitante preocupado, John Swinton, que había sido un activista abolicionista en el pasado y que ahora era el editor jefe del New York Sun. Dada la personalidad sensible empática y en constante evolución de Goldman, aquellos dos tipos de encuentro la llevaron a salir de la cárcel a hacer una nueva valoración de las posibilidades políticas.

Después de su liberación, Goldman se sumió una vez más en un torbellino de activismo político. Combinando las habilidades como enfermera aprendidas durante su estancia en la cárcel con su instinto social, inició entonces una nueva actividad práctica como enfermera privada. Dándose cuenta de la importancia que tenían para encontrar mejores empleos los certificados y el aprendizaje formal de nuevas habilidades, aceptó la oferta que le hizo su amiga Fedya de financiarle el viaje y los gastos para que fuese a estudiar a Viena. Sin embargo, antes de su llegada allí en otoño de 1895, pasó un mes en Gran Bretaña, donde conoció personalmente a muchos activistas locales y a personalidades importantes del movimiento anarquista internacional, como Errico Malatesta, Louise Michel y Piotr Kropotkin.

De regreso a Nueva York el verano siguiente, Goldman reanudó su activismo en el contexto de un movimiento americano revitalizado. Al mismo tiempo empezó su práctica profesional como enfermera y comadrona. Al año siguiente emprendió una gran cantidad de charlas y conferencias políticas por todo el país. Sus principales preocupaciones mientras visitaba ciudad tras ciudad fueron, así, oponerse a la guerra entre Estados Unidos y España; apoyar constantemente las luchas obreras locales y propugnar la plena igualdad para las mujeres y la emancipación sexual en general.

En 1899, aceptó la oferta que unos amigos del movimiento le habían ofrecido, para realizar estudios avanzados en medicina. Sin embargo, poco después, quienes subvencionaban su estudio en medicina se negaron a seguir ayudándola a menos que prometiera abandonar el activismo. Lógicamente, Goldman se negó. Durante su estancia en París, asistió a una reunión neomalthusiana para discutir el nuevo tema subversivo del control de la natalidad artificial. Dada su propia experiencia de primera mano como enfermera y comadrona de la desesperación que producían los embarazos no deseados, así como su compromiso general con la emancipación femenina y sexual, decidió lanzar una campaña para el control de la natalidad en EEUU.

Sin embargo, sucedió un imprevisto que le cambió los planes. En 1901 se produjo el asesinato del presidente McKinley y a ello le siguió una salvaje represión. El asesino, Leon Czolgosz, era un joven de clase obrera recientemente atraído por la política radical después de la amarga experiencia de crecer en una familia de inmigrantes en Cleveland. Este joven fue ferviente seguidor de Goldman, y aunque se autocalificó de anarquista tras ser detenido, no había tenido tiempo en absoluto de empaparse profundamente del pensamiento anarquista ni de la camaradería. Sin embargo, Goldman vio en él el rebelde angustiado que había sido ella misma diez años antes. Junto a varios grupos de emigrantes franceses, españoles e italianos, y a un pequeño número de anarquistas americanos, Goldman fue uno de los pocos anarquistas del país que apeló públicamente a tener en cuenta el origen social y las motivaciones de Czolgosz (sin respaldar por ello la táctica política que había empleado). Ello le llevó a ser denunciada como chivo expiatorio, y se enfrentó a un enorme aislamiento por parte de muchos camaradas anarquistas.

En 1906 puso en marcha una nueva base de actividad, la que sería más  duradera  y  sin  duda  más  influyente  que  las  anteriores.  Con  un puñado de colaboradores, creó en Nueva York una revista anarquista briosa  e  insólitamente  regular,  llamada  Mother  Earth  [Madre  Tierra]. Durante  la  década  que siguió, Goldman escribió en ella sobre una amplia variedad de temas generales y de actualidad destinados a una aduciencia de unos 10.000 lectores. Fue la revista anarquista estadounidense más influyente de su época, y posiblemente de todos los tiempos hasta hoy. A Goldman le sirvió la revista para desarrolar una serie de iniciativas en pro del movimiento anarquista, desde manifestaciones políticas y la organización de una escuela libre, hasta la formación de una Liga contra el Servicio Militar Obligatorio en 1917. Mientras, sus constantes viajes y su trabajo periodístico alentaron a otros muchos en todo el país a emprender acciones similares a nivel local.

En medio de todo esto, Goldman entabló una apasionada y polémica relación con Ben Reitman de Chicago, relación que le influyó vigor, pero que la alejó de muchos camaradas. Emma participó en las campañas locales por la libertad de epresión lanzadas por la IWW [Industrial Workers of the World], y complementó finalmente los años que había dedicado a defender el control de la natalidad promocionando métodos anticonceptivos específicos.

La intensidad de este período fue enorme. Para Goldman y para muchos anarquistas, fue realmente este constante activismo multidimensional lo que le produjo más satisfacciones. Sin embargo, estuvo expuesta a numerosos peligros. Detenida en numerosas ocasiones y casi linchada en San Diego en 1912 por su lucha por la libertad de expresión, fue encarcelada durante dos semanas en Nueva York en 1916 por proporcionar información sobre control de la natalidad. Junto con Berkman, fue la activista anarquista más conocida en el país en aquella época y ciertamente una de las más famosas radicales en general. Como tal, se vio sometida al acoso y a las amenazas violentas por parte del gobierno, de la prensa capitalista y de los individuos hostiles que siempre trae consigo el desempeño de esta función social.

Estos intensos años de activismo culminaron con la crisis cada vez más profunda de la Primera Guerra Mundial y con la decisión de los norteamericanos de intervenir en el conflicto. Tras fundar una Liga contra el Servicio Militar Obligatorio en Nueva York, que se extendió rápidamente a otras partes del país, Goldman y Berkman, junto con otros colaboradores anarquistas y liberales, organizaron una serie de mítines y campañas de publicidad que rápidamente influyeron directa o indirectamente a cientos de miles de norteamericanos, lo cual conllevó un estallido de represión gubernamental. El 15 de junio la policía americana hizo una redada en las oficinas de Mother Earth y The Blast (la revista de Berkman); Goldman y Berkman fueron detenidos por “conspiración contra el reclutamiento”. Tras un proceso judicial de diez días en el que dos se encargaron elocuentemente de su propia defensa, fueron declarados culpables y condenados a dos años de cárcel y a pagar una multa de 10.000 dólares.

Para Berkman, las severas condiciones de la penitenciaría federal de Atlanta, sobre todo después de haber pasado ya catorce años en prisión, fueron un golpe a su salud del que nunca llegaría a recuperarse. Para Goldman, los veintiún meses que pasó en la cárcel, fueron una sentencia difícil pero no tan severa. Con muchas presas políticas o apolíticas, la opresión soportada en común en la cárcel fue para Goldman el catalizador de una cálida comunicación, fueran cuales fuesen sus diferencias en el ámbito privado.

Durante su encarcelamiento, los desarrollos revolucionarios en Rusia llegaron a un punto álgido. Goldman ya se había emocionado con las noticias de la agitación política allí a comienzos de 1917. En la cárcel, su estado de ánimo se veía fortalecido con cada noticia sobre la   continuidad y la extensión de la revolución. Fue en ese momento cuando ella y Berkman consideraron seriamente regresar a su Rusia natal. El 21 de diciembre de 1919 fueron deportados a Rusia por el gobierno de EEUU. Cuando pusieron pie en su tierra natal, fueron recibidos, esta vez, por el nuevo régimen revolucionario.

Tanto Goldman como Berkman llegaron llenos de entusiasmo ante la perspectiva de sumergirse directamente en un contexto totalmente revolucionario. Incluso llenos de buena voluntad respecto a los bolcheviques, Goldman y Berkman observaron a la nueva sociedad entrevistándose con muchos obreros y revolucionarios, siguiendo el día en las calles y reuniéndose con los burócratas de Moscú y San Petersburgo. Cada vez más desencantados, no quisieron sin embargo criticar abiertamente al nuevo régimen cuando este estaba todavía sometido al asedio de las fuerzas de la reacción interior y exterior. Solo cuando el gobierno soviético reprimió la insurgente comuna revolucionaria de Kronstadt durante la primavera de 1921, decidieron hacer oír su voz. Pero hacerlo públicamente significaba arriesgarse a ser enviado a la cárcel por la policía secreta, o incluso poner en peligro su vida. Tras una larga demora impuesta por las autoridades, a finales de 1921 Goldman y su camarada de toda la vida abandonaron de nuevo su tierra natal. Esta vez llevaban consigo el sabor amargo de la revolución traicionada[1].

Los quince años siguientes de exilio forzoso fueron el período más deprimente de la vida adulta de Goldman. Viviendo primero en Alemania pudo seguir de cerca la construcción de un nuevo movimiento anarquista. Pero para su frustración, solo para mantener su visado tuvo que evitar cualquier implicación directa en el mismo. Tras un año de estancia en Gran Bretaña, aceptó la generosa propuesta de matrimonio que le hizo un anciano galés, un viejo camarada anarquista admirador de Emma. Soportando todo el proceso oficial para poder adquirir la ciudadanía británica, consiguió finalmente disponer de un hogar razonablemente seguro y de un pasaporte para viajar.

Desgraciadamente, Gran Bretaña no era totalmente de su agrado, dados el clima y las circunstancias políticas de Inglaterra. Nada más llegar a Londres, comenzó una campaña de propaganda en contra del Estado soviético. En 1926 salió del país para mudarse a St. Tropez, en el sur de Francia, a una casita rural que pudieron comprarle algunos camaradas anarquistas. Berkman la llamó Bon Spirit. Allí, Emma se dedicó a escribir su autobiografía, Living My Life [Viviendo mi vida], e iniciaría una abundante correspondencia con sus camaradas, una correspondencia llena de impaciente energía y anhelo de EEUU. Sus carteos con Berkman la mantenían con ánimos, hasta que, en 1936, éste se suicidó tras una tediosa depresión y una larga enfermedad que arrastraba desde hacía años.

La muerte de Berkman fue para ella un duro golpe. Además de la pérdida de una de las personas más importantes de su vida, se estaba convirtiendo en una paria en el mundo occidental. Vivió en ese momento la depresión más grave de toda su vida.

Tres semanas después el 19 de julio de 1936, estalla en España la Guerra Civil, en la que Goldman vio la esperanza de una nueva oportunidad para el proletariado. Viajó a Barcelona en 1936 y durante los tres años del conflicto estuvo entre Londres y España, colaborando con la causa anarquista y la Revolución Social, mediante difusión, recaudación de fondos para las milicias y los grupos anarquistas, así como campañas de propaganda a nivel internacional. En España conoció a personalidades como Durruti o a Mujeres Libres, en cuya revista colaboró aportando numerosos textos y escritos.

(Emma Goldman junto a un grupo de milicianxs)

 

(Lucía Sánchez Saornil, Emma Goldman y América Barroso)

 

El 8 de abril de 1939 embarcó para Canadá. Allí se dedicó a juntar dinero para los refugiados españoles en Francia y a dar a conocer el estado de la situación de la dictadura de Franco. Además, celebró ampliamente su cumpleaños número setenta y sus cincuenta años de actividad en el movimiento anarquista, con eventos que estimularan las donaciones a la causa española. Encontrándose allí, estalló la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939. Emma comenzó una campaña antimilitarista, pero no tuvo éxito, mientras que el conflicto español quedó en segundo plano.

El 17 de febrero de 1940 sufrió una fuerte hemorragia cerebral y fue hospitalizada. Quedó con el lado derecho de su cuerpo paralizado, por lo que no podía hablar ni masticar los alimentos, además de que su capacidad visual había disminuido considerablemente. El 1 de abril la trasladaron a su casa al cuidado de una enfermera y los primeros días de mayo sufrió un segundo derrame cerebral, del que no logró recuperarse.

Murió el 14 de mayo de 1940. El departamento de Inmigración de Estados Unidos hizo posible que se cumpliera el último sueño de Emma Goldman: ser enterrada en el cementerio de Waldheim de Chicago, donde permanecen los cuerpos de los mártires de Chicago desde 1887. Emma había prometido consagrar su vida entera a la obra por la que habían caído aquellos héroes. Cumplió con creces su promesa. Muerta, quería estar lo más cerca posible de aquellos queridos restos.

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[1] Para obtener más información sobre la estancia de Emma Goldman en Rusia como deportada de EEUU, se recomienda la lectura del folleto GOLDMAN, E. (1978): Dos años en Rusia. Diez artículos publicados en The World, Aurora (Revista quincenal).

[2] Esta biografía ha sido extraída del fanzine «El sufragio femenino por Emma Goldman», de La Karakola Ediciones. Los datos biográficos recogidos en este fanzine han sido extraídos, en su gran mayoría de GOLDMAN, E. (2012): Visión en llamas. Emma Goldman sobre la Revolución Española, España, El Viejo Topo., del que también se podrá leer más detenidamente sobre sus percepciones, su lucha y su colaboración con la Revolución Española.

 

Para descargar el fanzine de La Karakola Ediciones: https://drive.google.com/open?id=1FZ9nXlqEe0xJv6U6PAd56WgSYfCW1bOw

Teresa Claramunt, la «Virgen Roja española»

La madrugada del 11 de abril de 1931 falleció Teresa Claramunt, quizá la primera revolucionaria española del s. XIX, calificada incluso como la «Louise Michel» española. Fue una figura fundamental del anarcosindicalismo y movimiento libertario español. Soledad Gustavo (alias de Teresa Mañé), otra gran figura histórica del anarquismo español, escribiría sobre ella: «La juventud de ahora apenas conoce su nombre, sin embargo, Teresa Claramunt representa cerca de cincuenta años de agitación revolucionaria y de propaganda anarquista. Ni las persecuciones autoritarias, ni los desengaños de propios y extraños, lograron hacer vacilar su fe en el ideal de emancipación humana».

Supuestamente nació en Barbastro (Huesca) en 1862 aunque a los pocos años se trasladó con sus padres a Sabadell. El lugar de su nacimiento es motivo de controversia historiográfica puesto que algunas fuentes indican que fue en Sabadell.

Trabajó desde niña en la industria textil, comenzando su actividad intelectual de forma autodidacta. Fue influenciada ideológicamente por las conferencias y artículos del ingeniero Tárrida de Mármol. Junto a él participaría en la huelga de las siete semanas en 1883 para reivindicar la reducción de la jornada laboral a diez horas, uno de los conflictos sociales más importantes en la historia de Sabadell. En esta Teresa se conciencia ante la poca movilización de las mujeres.

Fue una firme defensora de los derechos de las trabajadoras explotadas. En octubre de 1884 junto a otras funda la Sección Varia de Trabajadores anarcocolectivistas de Sabadell.

En el 1888 junto a su marido Antonio Gurri emigra a Portugal, debido a la búsqueda de trabajo y la violencia por parte de los empresarios, apoyados por el Somatén. Permaneció en Portugal dos años colaborando con los grupos anarquistas del país.

Su preocupación por la liberación de las mujeres le hizo colaborar con Ángeles López de Ayala y Amalia Domingo en la creación de la primera sociedad feminista española, la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona, en 1892.

Fue víctima de la represión indiscriminada desatada a raíz de la bomba del Liceo de 1893 y del atentado del Corpus que llevó al Proceso de Montjuic en 1896. En esta última ocasión fue brutalmente agredida, causándole graves secuelas físicas para el resto de su vida. Teresa nada tenía que ver con la acción terrorista puesto que sus métodos y fines eran de signo muy diferente. No fue condenada por ningún delito gracias a la intensa campaña que estaba desarrollando su maestro Tárrida de Mármol, pero fue deportada a Inglaterra y más tarde a París. En 1898 regresó a España convertida ya en una figura libertaria de leyenda.

Ya en el siglo XX siguió y renovó su entusiasmo luchador en la prensa fundando el periódico El Productor (1901), que tuvo gran difusión en los medios obreristas así como sus trabajos en La Tramuntana y La Revista Blanca, además de dirigir el diario El Rebelde entre 1907 y 1908. También escribiría para una publicación inglesa, Freedom.

En el gran mi­tin del Circo Barcelonés, el 16 de febrero de 1902, lanzó un emotivo y apasionado llamamiento en solidaridad con las huelguistas del ramo metalúrgico, que extendió notablemente la gran huelga general de Barcelona (la más importante del movimiento obrero de entonces) que durante los días 17 y 24 de febrero de aquel año, paralizó la vida ciudadana participando miles de trabajadores. Fueron batallas como ésta la que afirmaron el terreno inicial de la CNT.

En 1903 viajó a Andalucía con Leonardo Bonafulla, el seudónimo de Juan Bautista Esteve, compañero de Teresa, y que nos ha dejado otra semblanza de nuestra protagonista como una infatigable luchadora entre la cárcel y los caminos a favor de los humildes, teniendo cinco hijos que no sobrevivieron, algunos de ellos nacidos en la cárcel. Además de Antonio Gurri y Bonafulla, también José López Montenegro fue compañero suyo. El objetivo del viaje era difundir las ideas anarcosindicalistas y fomentar la lucha. En Ronda fue detenida por la Guardia Civil, conducida a Málaga a hombros de un borrico y enviada desde allí a Barcelona.

Ese mismo año, 1903, publicó: «La mujer, consideraciones sobre su estado ante las prerrogativas del hombre»[1].  En esta hacía un brillante alegato sobre la emancipación de la mujer, teniendo que ser ella la protagonista de la misma y planteando la equiparación salarial entre hombres y mujeres. Además, formuló una profunda crítica a la educación por ser la causante de la dependencia femenina. Al igual que Louise Michel con dicha obra muestra lo avanzado de sus ideas y la profunda sensibilidad que poseía sobre la cuestión feminista a pesar de no tener una concepción clara de ella en el sentido clásico del término.

A raíz de los sucesos de la Semana Trágica en Barcelona fue detenida en agosto de 1909 y confinada en Zaragoza. Allí residió hasta la Dictadura de Primo de Rivera consiguiendo la adhesión de los sindicatos locales a la CNT. También participó en la huelga general de 1911 por la que volvió a ser detenida y encarcelada durante tres años. Durante su larga estadía en prisión hará su primera aparición una enfermedad que le llevará más tarde a la tumba: la pará­lisis. Prosigue con cada vez más dificultades su actividad militante, pero su nombre es indispensable para conocer el desarrollo del movimiento anarcosindicalista aragonés. Se encuentra postrada en la cama cuando la irrumpe en su casa con un nuevo motivo: la ejecución del cardenal Soldevila, conocido por aconsejar la utilización de los métodos fascistas en ciernes contra los trabajadores. Al parecer, fue Teresa Claramunt la que sugirió el nombre del cardenal a Durruti y Ascaso cuando fueron a verla como una alternativa a un atentado contra miembros anónimos de los cuerpos repre­sivos.

Durante varios años habitó en Sevilla, en casa del cenetista Antonio Ojeda, que le brindó su hospitalidad para que pudiera curarse con tranquilidad de su enfermedad. Sin embargo, Teresa no deja de intervenir, en 1923 habla en un importante mitin contra la dic­tadura y en 1924 se traslada a Barcelona. Su casa en esta ciudad se convirtió en un lugar muy transitado por las anar­quistas estando entre sus visitantes ilustres Max Nettlau y Emma Goldman.

En 1929, muy debilitada, pronunció su último mítin.

La apodada «virgen roja barcelonesa» fue enterrada el 14 de abril, el día de la proclamación de la Segunda República. Federica Montseny recuerda su entierro así: «El 14 de abril por todos los centros republicanos por dónde pasábamos las banderas se inclinaban al paso del entierro, en­tierro al que acudieron más de 50.000 personas en Barcelona.»

Teresa en sus actividades como agitadora se preocupaba sobre todo de evidenciar las injusticias del capi­talismo a través de datos y ejemplos vivos y concretos, nunca tuvo una especial predilección por la teoría y se encuadraba en el amplio campo de los «anarquistas sin adjetivos». En todos sus artículos y arengas hay una preocupación básicamente activista. Su humildad la motivaba a considerar que nunca hizo nada extraordinario en su agitada vida. Parafraseando nuevamente a Federica Montseny: «Teresa Claramunt era la mujer que representaba la clase obrera por autonomasia. Se distinguió como la figura excepcional de la mujer obrera, sin gran cultura, sin una gran preparación, con faltas de ortografía incluso, pero con una inteligencia natural. Todo ello le valió un gran prestigio entre las trabajadores, sobre todo, las mujeres de Cataluña».

Por: (Alejandro, compañero del sindicato).

[1]Compendio de textos de Teresa Claramunt. El que se cita se encuentra en la página 199:  http://historiamujeres.es/feminismo/TClaramunt_sel_textos_feministas.pdf

Las milicianas en la Guerra Civil española: mito y realidad.

La figura de la miliciana es, quizá, una de las imágenes más asentadas en el imaginario colectivo con respecto a la participación de las mujeres en la Guerra civil española. Cuando tuvo lugar el levantamiento militar, la masiva incorporación de las mujeres a la militancia y a la vida política, así como la conformación de las milicias, que no seguían la formalidad y la oficialidad propias de un ejército, fueron dos factores clave que propiciaron que muchas mujeres se decidieran a empuñar las armas contra la sublevación fascista. En tanto ciudadanas, trabajadoras y sujetos políticos activos, muchas vieron en las milicias una oportunidad para integrarse en espacios y roles que les fueron siempre negados, como una vía para llegar a su emancipación. La propaganda del Frente Popular y de distintos partidos y sindicatos en los primeros momentos de la guerra llamaba, de hecho, a las mujeres a formar parte de las milicias.

Sin embargo, como señala Mary Nash, la gran visualización de las milicianas españolas “no era necesariamente un reflejo de una nueva realidad social”[1]. Durante los primeros momentos de la guerra las mujeres estaban frecuentemente representadas en el imaginario de la guerra y la revolución. Aparecieron en la propaganda republicana, socialista, comunista y anarquista, desempeñando roles y transmitiendo mensajes de participación activa en el conflicto. Surgió, así, la figura de la miliciana como un nuevo símbolo de la revolución, así como del aparente advenimiento de la emancipación femenina en la lucha antifascista. Al observar la cartelería de los partidos del Frente Popular de Izquierdas y los sindicatos revolucionarios, encontramos a mujeres jóvenes, atractivas y de finas siluetas, vestidas con los monos azules, indumentaria obrera y revolucionaria. Portaban fusiles y en sus rostros, que se asemejaban más al canon de belleza de las mujeres europeas, se reflejaba la decisión y la valentía para combatir el fascismo. Una de las representaciones más famosas de las milicianas es la que aparece en el cartel del artista Cristóbal Arteche, que reza “Les milicies us necessiten” (“Las milicias os necesitan”). Los carteles incitaban enérgicamente a los hombres a enrolarse en las milicias, precisamente por el carácter subversivo de las mujeres que en ellos aparecían. Las actitudes varoniles, revolucionarias y militaristas de las milicianas hacían a los hombres que aún no se habían alistado, cuestionarse su virilidad y así cumplir su función masculina para con la guerra[2].

La misión propagandística de la figura de la miliciana cumplió su función al principio de la guerra, cuando era de extrema necesidad que los hombres se alistaran, ante la ausencia de un ejército republicano numeroso y fuerte. No es de extrañar, pues, que, pasados los primeros meses de la guerra y de furor antifascista, la propaganda frentepopulista y anarquista comenzase a rechazar a las mujeres en las trincheras, esgrimiendo que entorpecían el desenvolvimiento de la actividad en el frente, y que distraían a los milicianos. De este modo, vemos cómo la propaganda referente a las mujeres modificaba su discurso y las instaba a unirse al trabajo en las fábricas y en el campo, así como a gestionar las tareas de la retaguardia. Véase este fragmento de un texto de Indalecio Prieto, importante político durante la República y miembro del PSOE, en referencia a la “inutilidad” de las milicianas, publicado en El Liberal de Murcia el 20 de agosto de 1936:

He visto desfilar por el paseo del Prado, en correcta formación, marcando muy marcialmente el paso, un batallón de milicianas, y a diario la prensa gráfica nos solaza con bellas estampas de muchachas equipadas militarmente que actúan con bravura en la Sierra. No desconozco el estímulo guerrero que significa ver cómo la mujer participa en los rigores y peligros de la campaña. Todo eso es muy simpático y muy atrayente, pero, a mi juicio, poco práctico. Sobrando, como sobran, hombres para combatir, la mujer es infinitamente más útil en labores de retaguardia que provista de fusil en las líneas avanzadas. No descubro con ello nada nuevo. Lo que digo es algo elementalísimo; pero lo proclamo porque, pasado el ímpetu inicial del entusiasmo, me parece llegado el instante de iniciar en la retaguardia una organización seria y eficaz[3].

También las organizaciones femeninas mayoritarias del momento (Mujeres Libres, del lado anarquista, y la AMA, del lado frentepopulista) defendieron el trabajo de las mujeres en la retaguardia en detrimento de su presencia en las líneas de batalla, como puede leerse en el número 5 de la revista Mujeres Libres, de septiembre de 1936: “Los hombres, al frente. Las mujeres, al trabajo”[4].

La disminución de la presencia femenina en los frentes coincidió con el momento en el que las milicias comenzaron a militarizarse y a dotarse de una mayor disciplina tras la creación en octubre del Ejército Popular de la República, y reforzándose con el decreto militar promulgado por Largo Caballero, por el que el reclutamiento de voluntarios debía acatar la Ley de Reclutamiento vigente, que databa de 1911 y, lógicamente, no contemplaba la presencia femenina. De este modo, de forma indirecta, las mujeres no podrían formar parte de las milicias ni ser reclutadas[5]. No obstante, numerosas mujeres persistieron en las líneas del frente combatiendo tenazmente y alcanzando posiciones importantes, así como el respeto de sus compañeros. Tal fue el caso, por ejemplo, de la cartagenera anarquista Pepita Inglés, de la Columna Durruti, que llegó a ser conductora de los camiones blindados que hacían la función de tanques, y murió en 1937 en Aragón por el estallido de una bomba que un compañero suyo lanzó para salvarla tras haber sido capturada por los fascistas.

Por supuesto, la concepción que existía de las milicianas en el bando sublevado era negativa, identificando a las milicianas como prostitutas y atribuyéndoles todo tipo de adjetivos y cualidades impropias para el concepto franquista de las mujeres. De este modo, en el imaginario sublevado, las milicianas eran mujeres feas, masculinas, rudas, de voces agrias. Un texto publicado en el diario franquista Arriba, con fecha 16 de mayo de 1939 y firmado por José Vicente Fuente, se titulaba “Madrid recobrado. El rencor de las mujeres feas” y rezaba el siguiente fragmento:

Ni las fajas, ni los colores tornasoles en el pelo. Eran feas. Bajas, patizambas, sin el gran tesoro de una vida interior, sin el refugio de la religión, se les apagó de repente la feminidad, y se hicieron amarillas por la envidia. El 18 de julio se encendió en ellas un deseo de venganza y al lado del olor a cebolla y fogón, del salvaje asesino, quisieron calmar su ira en el destrozo de las que eran hermosas[6].

En cuanto a la experiencia de las mujeres en las milicias, podríamos decir que tampoco la realidad de sus vivencias solía ajustarse al símbolo propagandístico de la miliciana. Por lo general, a las mujeres se les reservaban las tareas propias de su rol tradicional en el frente, tales como cocinar, mantener limpias las estancias, velar por el bienestar de los compañeros o asistirles cuando se encontraban heridos o enfermos. Esto resultaba humillante para muchas, porque no era aquella la forma en la que pretendían morir en el frente por la causa antifascista.

Si bien Homenaje a Cataluña[7], de George Orwell, resulta una brillante y detallada aproximación a la experiencia de milicianos y brigadistas en la Guerra civil, el testimonio de la argentina Mika Etchebéhère, miliciana en una columna del POUM, su libro Mi Guerra de España[8] constituye un referente para conocer, de primera mano, la ardua experiencia de las milicianas en el frente. De entre los miles de mujeres que se enrolaron en las milicias, cabe destacar los nombres de algunas como las comunistas Lina Odena y Rosario Sánchez “La Dinamitera”, la ya nombrada anarquista Pepita Inglés, Manola Rodríguez Lázaro (POUM), María Manonelles i Riera (POUM. Su testimonio inspiró a Ken Loach para crear un personaje femenino y ambientar la vida de las milicianas en la película Tierra y Libertad), Concha Pérez (CNT-FAI-JJLL), o Dolores Jiménez Alvárez (CNT).

En definitiva, ha llegado hasta nuestros días, una imagen de las milicianas un tanto distorsionada con respecto a cómo era entonces. Utilizadas como reclamo por las diversas organizaciones antifranquistas en los primeros momentos de la Guerra, con el objetivo de atraer a los hombres al frente, pronto, las mujeres fueron relegadas, una vez más, al trabajo en la retaguardia. La vida de las milicianas en el frente tampoco fue idílica y su participación junto a los hombres consistió, además de coger el fusil, a la forzosa dedicación de las mujeres, en la mayoría de los casos, a quedarse en las trincheras y refugios, dedicándose a las mismas labores de siempre: cocinar, limpiar, lavar la ropa de los milicianos, y cuidarlos. No fue, la Guerra, un momento tan propicio y amigable como se creyó, para la emancipación de las mujeres de toda forma de autoridad. Sí fue, sin embargo, un importante paso y una experiencia que hizo que nada volviera a ser como antes. El triunfo militar del bando franquista mermó y acabó con todo sueño revolucionario por un mundo nuevo, aquel que Durruti dijo que llevábamos en nuestros corazones. ¡Y aun lo seguimos llevando!

“¡Tranquilas, abuelas! Ya estamos aquí. Por cada anarquista muerta ¡naceremos mil!

 

Por: Paula Martínez (Murcia, 2019).

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Notas:

[1]Nash, M. (2006). Rojas. Las mujeres republicanas en la Guerra Civil. España: Taurus (KLC Digitalización). Recuperado el 7/8/2019 en http://kcl.edicionesanarquistas.net/lpdf/l255.pdf.

[2] Ibídem, p. 64.

[3]Archivo Municipal de Murcia [Hemeroteca digital]: El Liberal de Murcia, 20-8-1936, p. 3. Recuperado el 10/8/2019 en https://www.archivodemurcia.es/p_pandora4/viewer.vm?id=0000317160&page=3&search=milicianas&lang=es&view=hemeroteca.

[4]Archivo virtual CGT: Mujeres Libres, N. 5, 1936, p. 2. Recuperado el 9/8/2019 en http://cgt.org.es/noticias-cgt/noticias-cgt/revista-mujeres-libres.

[5] López García, A. (2013). Las milicianas en Asturias. Una historia recuperada a través de la fotografía de Constantino Suárez [tesis de máster], Oviedo: Universidad de Oviedo, pp. 12-14. Recuperado el 9/8/2019 en http://digibuo.uniovi.es/dspace/bitstream/10651/18312/8/TFM_L%C3%B3pezGarc%C3%ADa.pdf.

[6]Diario Arriba, 16-5-1939. Cita extraída de Moya Alcañiz, F. (2015). Republicanas condenadas a muerte: analogías y diferencias territoriales y de género (1936-1939) [Tesis doctoral]. España: Universidad Nacional de Educación a Distancia, p. 97. Recuperado el 10/8/2019 en http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/tesisuned:GeoHis-Fmoya/MOYA_ALCANIZ_Francisca_Tesis.pdf.

[7]Orwell, G. (1938). Homenaje a Cataluña, Barcelona: DeBolsillo, Penguin Random House.

[8] Etchebéhère, M. (1976). Mi Guerra de España, Oviedo: Editorial Cambalache. Recuperado el 11/8/2019 en http://descargas.localcambalache.org/mi_guerra_de_espana.pdf.